viernes, 23 de enero de 2015

Nunca voy a conocer un volcán

  Me di cuenta que nunca voy a viajar sin conocer el destino. Jamás voy a cargar con una mochila y barba de varios días, desconociendo a donde voy a llegar ese día. Nunca voy a conocer un volcán, ni escalar una montaña demasiado alta. Nunca voy a disparar con mi cámara estando en medio del mar, ni voy a sentarme a tomar un poco de agua a la sombra de una duna en algún desierto. 
  Nunca voy a compartir la comida con algún extraño del camino, ni voy a hacer autostop en una ruta en la que nunca estuve. Nunca me voy a empapar del aire de antiguas ciudades, ni formar parte algún ritual loco de una tribu que me cruce en mi camino. Nunca va a haber un camino. Ni una ruta. Ni montañas. Nada. 
  Para gente como yo, el camino es hacia y desde el trabajo. La aventura es tener la suerte de irse unos días de vacaciones al final de un año, si se dan las condiciones adecuadas. La incertidumbre las traen las cuentas de luz y de gas. La exploración llega cuando buscas un nuevo departamento. Los sueños son imágenes borrosas de ya olvidaste para cuando te preparaste el café de desayuno. El único motivo por el que corres es porque llegas tarde a alguna responsabilidad que tenes que cumplir. 
  Empezas a llamar libertad a poder hacer lo que quieras un día a la semana, siempre y cuando no implique nada demasiado radical como dejarte no afeitarte. 
  
  Me di cuenta que nunca voy a conocer un volcán, y que, poco a poco, me voy a ir transformando en alguien que diga "y claro, ese porque no piensa en el futuro" cuando me encuentre con alguien que sí conoció uno.